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David Lorenzo Cardiel

A pesar de que los primeros avisos contra el cambio climático se produjeron en el siglo XIX, este no deja de agravarse.

Oímos tanto hablar sobre el cambio climático que hoy le ocurre lo mismo que a cualquier otro asunto que se repite hasta la saciedad: agota. Sin embargo, la insistencia en el calentamiento global y sus consecuencias no es caprichosa, pues tras ella se encuentra más de un siglo de predicciones que, lenta y fatalmente, se han ido cumpliendo. Repasamos brevemente la historia de un fenómeno que ha evolucionado de la posibilidad a la más absoluta evidencia.

En 1896 la industrialización había propulsado a Alemania, Francia y Gran Bretaña a repartirse los continentes más desfavorecidos. Al otro lado del océano, Estados Unidos ya había condicionado a Japón para tener su porción de influencia en Asia, mirando con gula aquellas frutas maduras que eran Cuba, Puerto Rico y Filipinas; en un par de años, estas antiguas colonias habrían de caer bajo su soberanía. Todo ello se lo debían las potencias al carbón, al petróleo y a una majestuosa que, protagonizada por el vapor, parecía que no tener fin.

No obstante, en Suecia, el físico y químico Svante Arrhenius se disponía a levantar la aguja del gramófono: junto con el geólogo estadounidense Thomas Chamberlin, el europeo había investigado la relación entre las concentraciones de dióxido de carbono atmosférico y la temperatura terrestre para una investigación sobre el hielo polar. Ambos revelaron que, de duplicarse la concentración de dióxido de carbono de aquel año, la temperatura media en la superficie del planeta iba a aumentar al menos en 5ºC. Nadie les hizo caso: en aquella época existía la creencia de que los océanos podrían captar casi ilimitadamente todo el dióxido de carbono producido por la actividad humana. No parecía haber nada por lo que preocuparse.

En este sentido, nada ocurrió hasta 1940, cuando los avances en espectroscopia revelaron que el vapor de agua y el dióxido de carbono reflejaban longitudes de onda electromagnética diferentes: el famoso gas de efecto invernadero absorbía la luz infrarroja, por lo que su mayor presencia sí podía ser culpable de un futuro –y notable– aumento en la temperatura global. Una década más tarde llegó otro varapalo. Se descubrió que los océanos, como mucho, solo pueden retener un tercio de los gases de efecto invernadero producidos por el ser humano. Aún así, y a pesar de las evidencias, los estudios realizados en la década de 1960 sostuvieron la existencia de procesos naturales alternos de calentamiento-enfriamiento. Se predijo, entonces, que a partir de los años siguientes comenzaría a descender la temperatura del planeta.

Aquí, sin embargo, se disparan las alarmas: la Tierra, lejos de enfriarse, comienza a calentarse aceleradamente. Estamos en la década de 1980, y numerosos movimientos sociales y oenegés inician campañas de concienciación para alertar de las consecuencias de un modo de vida que consideran equivocado. En 1988, la teoría del cambio climático es reconocida por la ONU y la Organización Mundial Meteorológica, convidando a los poderes políticos y financieros a establecer reuniones y cumbres internacionales para abordar el problema. Así sucedería en 1992 con la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro y en 1997 con el Protocolo de Kioto, que establecería unos compromisos de reducción de la emisión de gases de efecto invernadero para los países firmantes. A pesar de la importancia que se le dio a aquel protocolo, sin embargo, multitud de sus compromisos no fueron cumplidos. En esa misma década, desde el ámbito científico y ciertos sectores económicos se comenzaron a criticar las mediciones en las que se fundamentaba la veracidad de la teoría del cambio climático: año tras año, desde entonces, los récords de temperatura se suceden sin cesar.

Es por ello que la preocupación por el cambio climático ha ido en aumento desde principios del nuevo milenio, tanto en el ámbito de la ciencia –donde el reconocimiento de la teoría es mayoritario– como en el institucional. Numerosas cumbres políticas se han ido sucediendo desde entonces, siendo algunas de las más relevantes las celebradas en Varsovia y Nueva York en 2013 y 2014 respectivamente, donde se intentaron actualizar los Acuerdos de Kioto. Mientras tanto, el pronóstico de Arrhenius, emitido a finales del siglo XIX, se ha convertido en realidad: el cambio en la dirección, la densidad y la salinidad de las corrientes marinas, la alteración de la capa de ozono, el propio calentamiento global y la alteración del clima –con el inevitable aumento del nivel de los mares y océanos– están obligando a acelerar la toma de medidas. Acciones que, en opinión de numerosos expertos, quizá lleguen demasiado tarde para evitar algunas catástrofes que, ahora, parecen inminentes.

Ante el cambio climático, hoy, el mundo parece girar en dos sentidos y a dos velocidades: los países ricos, que aplican medidas ecológicas, como la reducción en el uso de combustibles fósiles y un mayor control sobre las emisiones de la industria situada en su territorio, y el de los países emergentes, que hasta ahora han seguido con su productividad sin apenas aplicar ninguna medida que proteja al planeta. En 2015, para intentar asegurar un futuro, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la Agenda 2030, un proyecto global donde se pretenden alcanzar para ese mismo año metas tan ambiciosas como la erradicación de la pobreza o una mayor protección del clima. ¿Mundo mejor o mundo peor? Pronto lo sabremos.

Tag(s) : #ARTICULO DE PRENSA
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