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  Eldiario.es

 

              Ley partidos

           

 

Lo peor de iniciativas de rápido impacto mediático es que presentan soluciones simples a problemas graves y complejos

                                   La cuestión no es «primarias sí o no», sino «primarias según y cómo»

Entre las propuestas de regeneración política y democrática, las elecciones primarias se sitúan a veces demasiado cerca de lo que podríamos calificar como postureo reformista. «Q ue hagan primarias» viene a ser el nuevo «q ue cambien la ley D'Hondt». No es cuestión menor -como no lo es la reforma del sistema electoral- ni debiera echarse en saco roto. Pero -por eso mismo- debería evitar el trazo grueso y no soslayar su consideración a la luz de los objetivos que se persiguen, sus ventajas e inconvenientes, o las condiciones necesarias para que resulten realmente eficaces. El último ejemplo, importante por la personalidad de los firmantes y por el ruido mediático generado, es el Manifiesto por una nueva ley de partidos políticos, enseguida presentado como el "Manifiesto de los Cien", mucho más pegadizo.

Lo peor en este tipo de iniciativas de rápido impacto mediático suele ser que, junto a la denuncia cierta de problemas graves y complejos, presentan invariablemente una esquemática propuesta de soluciones simples. En el caso que nos ocupa, el Manifiesto se resume en 7 puntos de reforma para que la Ley de Partidos incluya normas que -se subraya- son muy comunes en las democracias europeas. No se dice cuáles democracias europeas sean esas, ni siquiera cuando se afirma -con no mucho tino- que el problema específico del caso español es dejar el control a la autoregulación de los partidos. Pues bien, en el quinto lugar de ese listado aparece el nuevo mantra: " Elección de los candidatos a cargos representativos por elecciones primarias" .  

En su escueta formulación quizá parezca una sugerencia modesta dentro de la lista, pero si consideramos un momento su literalidad, percibimos su enormidad. En todos los partidos, todos los candidatos, a todos los cargos representativos, serán elegidos por elecciones primarias. Un cargo rerpresentativo es un concejal, por ejemplo. Un parlamentario autonómico. Un diputado. Ahí lo tienen: todos los concejales, todos los parlamentarios autonómicos, todos los diputados y senadores. Otrosí, todos los candidatos a todos esos cargos serán elegidos por elecciones primarias. The-Mother-of-God!

El caso es que es esta una manta corta, con tres inquilinos y ninguno en el medio. Si se pretende que arrope por el lado de debilitar el control de los aparatos, la financiación no puede estar en manos de los partidos. Si -para evitar el control partidista-, se opta por una financiación y organización públicas, añadimos una fuente de gasto en el mismo momento en que se dice que la política y los partidos son caros. Si, por último, para evitar gasto público, se deja la búsqueda de financiación a los candidatos individuales -caso de Estados Unidos- aun cuando la organización y control de las primarias sea pública para una mayor garantía, el problema es entonces dirimir hasta qué punto son los financiadores quienes deciden los candidatos y no al revés. Interrogantes todos ellos que no pueden resolverse en una noche de amores primarios, sobre todo si carecemos de experiencia.

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¿Quiere esto decir que debiéramos abandonar la idea de las primarias? En absoluto. Es suficiente con dejar de pretender que conocemos el bálsamo de Fierabrás y que si no se aplica es por culpa de los de siempre. Es obvio que en toda Europa -en unos sitios más y en otros menos- además de la crisis económica vivimos una crisis política en su triple vertiente institucional, de actores (sobre todo los partidos) y ciudadana. Es obvio también que su solución no vendrá sin más de la mano de aligerar las apreturas económicas, y que es necesario acometer una profunda reflexión y un amplio programa de reformas políticas. Pero no dejemos la impresión tecnócrata, tan en boga, de que con apretar unos tornillos -a los partidos- desaparecerán nuestros problemas. Entre otras razones, porque vuelve a situar la responsabilidad de la política en los partidos, origen de muchos de nuestros males.

Si, para finalizar, volvemos a considerar el objetivo de las elecciones primarias, ¿no sería más sencillo modificar la ley electoral en lo referente a la forma de votación, de modo que aun conservando las listas se contemple alguna de las variantes de voto preferencial? Claro que en ese caso, cuando nos preguntásemos sobre las condiciones para que fueran eficaces, no nos bastaría con adivinar la maldad partidista en la confección de listas, sino que habríamos de considerar también qué hacen los medios con la información política y electoral y/o qué hacen los ciudadanos con el voto. Los partidos se han anquilosado y deben cambiar. Cierto. Pero no solo ellos.

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