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                                                                                 Estepona  19 de Julio de 2013

LA GESTIÓN DE LA DEMOCRACIA

La Democracia, se dice que es la forma menos mala de gestionar la convivencia social, de propiciar la igualdad entre los miembros de la comunidad y de legitimar la acción de gobierno a través de las urnas. Esta frase hecha se suele usar cuando no tenemos explicación para justificar determinadas actitudes que tienden a romper el contrato social entre elegidos y electores, vulnerando la ética y haciendo explosionar la honorabilidad de las instituciones públicas.

Curiosamente el grupo económico británico The Economist, de orientación liberal, clasificó en 2010 a la democracia según un índice basado en una puntuación del 0 al 10, teniendo al país más cercano a 10 un mejor desarrollo de esta forma de gobierno. Clasifica la democracia, en función de su aproximación al 10, como plena, defectuosa, regímenes híbridos y autoritarios. Indudablemente que estamos, geopolíticamente,  dentro de la clasificación democracia plena. Pero me llama la atención el concepto de democracia defectuosa. ¿Será este concepto el que englobe esa frase hecha a la que hacía alusión en el párrafo anterior? ¿La democracia como la forma de gobierno menos mala? ¿Estaremos en una democracia defectuosa, al margen de la clasificación de marras?

¿Por qué los políticos de allende los Pirineos dimiten ante la más mínima ruptura de ese contrato social y sin embargo en nuestro país el contrato social puede vulnerarse de una forma continuada sin que los responsables asuman las consecuencias de esta ruptura?

Otra cuestión es la gestión de la democracia, y ahí nuestro país estaría sin ninguna duda en la escala de democracia defectuosa. Y estamos ahí porque no hemos avanzado, en esa gestión, nada desde la transición. El objetivo del Pacto de la Moncloa no era otro que el de procurar la estabilización del proceso de la transición al sistema democrático. Estabilizarlo no perpetuar la transición, y eso fue en el año 1977 y aun andamos “trabajando” con esas herramientas. No estoy poniendo en duda los grandes avances que se han logrado en estos casi 36 años, estoy reflexionando sobre la gestión que desde entonces se ha hecho de esos avances, de cómo los procedimientos electorales se han quedado obsoletos y ahí sigue Dhont campando a sus anchas. De cómo la Ley de Base de Régimen Local presenta fisuras, no tanto por el uso como por la excesiva flexibilidad a la hora de ser interpretada.

Veníamos de dónde veníamos y nos hemos quedado en la cómoda transitoriedad de que “todo está atado y bien atado” y es necesario romper esos nudos gordianos, porque desatarlos es imposible, hay que cortarlos para avanzar y dejar atrás definitivamente la transición política.

¿Cómo es posible que ni ERE, ni Barcena, ni Palau, hayan removido los cimientos del PP, PSOE o CIU? y siguen todos; ni un atisbo de reconocer errores y asumir responsabilidades y no solo me refiero a las responsabilidades penales o administrativas, ya de eso se encargaran los tribunales, que dependiendo de su condición de aforado, les tocara uno u otros, sino a las responsabilidades  políticas. ¿Quién se encarga de exigir esas responsabilidades? ¿El pueblo? Pero para eso es preciso que se vote a través de listas abiertas ¿no? Porque si no el privilegio del aforamiento, ese conjunto de privilegios procesales-penales de los que gozan nuestros parlamentarios (nacionales y autonómicos) y nuestros altos cargos,  hará que se perpetúen en las instituciones para de esta forma evitar o dilatar su presencia en el banquillo de los acusados. Ni Francia, Portugal, Italia, Alemania o Reino Unido, por mencionar a los de nuestro entorno, contemplan este privilegio. Quizás estos países si estén en una democracia plena.

La gestión de la democracia necesita intelectuales, como los hubo en la gestión de la transición y por eso estamos hoy donde estamos, pero es que conforme han ido desapareciendo de la escena pública aquellos políticos a quienes  le debemos, no solo la gestión de la crisis política de la transición, sino también  la excelente gestión de una crisis económica galopante, los que han ido llegando no han hecho más que dilapidar ese caudal heredado. Como diría un castizo, son las terceras generaciones las que acaban por finiquitar el patrimonio heredado de sus antecesores. Y  vuelvo a repetir que no pongo en duda los avances logrados.

Hay una nueva generación de políticos que partiendo de las bancadas partidistas se han impregnado no de la savia que corre por el tejido democrático y de la que se nutre el pueblo, sino de dogmas que amordazan los idearios y narcotizan la ética. Esa nueva clase política, si lo pensamos bien corresponderían con esa tercera generación a la que hacía alusión en el párrafo anterior, necesita los instrumentos heredados de la transición, de una parte porque son incapaces de mejorarlos y de otra porque esa transitoriedad les permite esconder sus carencias. No hay humanistas y los que lo son sucumben ante la maquinaria cuartelera.

Una prueba de ello lo tenemos en la reciente “revolución” del PSOE-A. Las primarias ha sido el más  claro exponente de la necesidad de reforma que tiene el sistema político español y esa necesidad arranca desde el origen mismo donde la democracia comienza a latir, los partidos políticos y por eso también hay que modificar la Ley de Partidos Políticos y las finanzas y los mecanismo internos de eleción de candidatos y tampoco en este ámbito se está sabiendo gestionar la democracia, en este caso la interna. Diría que en la escala de democracias de The Economist, la democracia interna estaría por debajo de la clasificación de democracia defectuosa y se iría a un régimen hibrido, es decir que del 1 al 10 la democracia interna de los partidos estarían entre 4 y 6. Pues bien de ahí salen un porcentaje importante de los dirigentes que han comenzado a gestionar la democracia en este país…

 

SERGIO LÓPEZ

 

Tag(s) : #ARTICULOS DE OPINION

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