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El Faro

CANTOS DE SIRENA

 

Criticar no es destruir. Y mucho menos cuando alguien critica algo a lo que pertenece y de cuya existencia se siente mínimamente responsable. No me gusta mi casa tanto como antes, se ha hecho incómoda para mis necesidades. Está demasiado lejos de la gente con la que quiero relacionarme. Empiezan a aparecer algunas grietas y necesita una mano, muchas manos de pintura. Para colmo, han ocupado algunas habitaciones personas sospechosas que me obligan a hablar en voz baja con los amigos de siempre y esconder algunos recuerdos valiosos. Pero es mi casa y no quiero destruirla ni mudarme. Tengo que ofrecer a las gentes de mi confianza, a la familia, la posibilidad de que, aunando esfuerzos, desalojemos a los indeseados ocupantes, recuperemos el encanto del viejo caserón y defendamos lo que es mío, nuestro.

Desde que he empezado a comentar los problemas de mi casa he tenido que explicar por qué sigo viviendo en ella, por qué la escogí en su momento y por qué estoy ya muy mayor para cambiarme. El barrio ya no es como antaño, pero sigue abierto un bar dónde nos reunimos viejos amigos, cada vez más gruñones, a los que nos siguen ilusionando viejos poemas y canciones. Cuando salimos a la calle para fumar un cigarro con complejo de culpa, vemos a chicos y chicas jóvenes, sentados en la acera, sin nada que hacer, apurando una botella comprada en el supermercado, de marca desconocida, porque es más barata. A veces, el contenido es dudoso e incluso tóxico, pero lo prefieren a entrar en nuestro bar, aunque les invitemos a la copa. No sé si nos miran con desconfianza o con desdén. Pero, en todo caso, no vamos a mudarnos de barrio salvo que venga una pala excavadora y remodele las calles y la plaza.

Escogí la casa y el barrio porque resultaba estimulante su actividad .Los vecinos se ayudaban y, en la medida de sus posibilidades, contribuían a resolver problemas en zonas más deterioradas todavía. Circulaban ideas comunes sobre la solidaridad, la libertad o la justicia. Los portales estaban abiertos y, de vez en cuando, algún transeúnte al que le llegaban fragmentos de nuestras conversaciones solicitaba formar parte del grupo. Creo que fue cuando unas elecciones que un dibujante se fijó en nuestro barrio para hacer un cartel de mucho mérito. No sé quien dijo que era un poco naif, pero a nosotros nos pareció que reflejaba no tanto lo que éramos sino lo que aspirábamos a ser. Y si no absolutamente, sí es verdad que algo de eso hay ya en muchos otros barrios y pueblos de una España que era demasiado gris y excesivamente cutre. Ahora me dicen que no hay dinero para cuidar los árboles y poner bancos para tomar el sol .Que para eso están las terrazas de restaurantes, vamos que hay que pagar, como con las medicinas. El que pueda.

Algunos de mis amigos han dejado de venir a la peña. Muerden su soledad y se consuelan viendo como otros debaten en el televisor. Se indignan con lo que ven y escuchan, pero asumen que ya no vale la pena decir nada. Que lo digan otros.

Ayer, unos cuantos de esos viejos amigos, me llamaron para decirme que si no me gustaba el barrio ni la casa que me fuera donde ellos. Que me dejara de arreglos, de pintura, que no me empeñara en cambiar al presidente de la comunidad, porque todos eran iguales. Les dije, con afecto, que si nos hubiéramos puesto de acuerdo para escoger a otro mejor, en lugar de criticar a cualquiera que quisiera presentarse simplemente porque nos negábamos a oír sus propuestas, hoy otro gallo podría cantarnos. A lo mejor funcionaba el ascensor. Que no, que me quedo, aunque tenga que soltar un taco y pararme en cada rellano para subir las escaleras.

Eduardo Sotillos

Tag(s) : #ARTICULOS DE OPINION

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