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<p>Cartel electoral del SPD de 1932.</p>

IGNACIO SÁNCHEZ-CUENCA

La socialdemocracia es el proyecto ideológico y político más beneficioso y virtuoso de todos pero, tras aceptar parte de las recetas neoliberales, vive sus horas más bajas desde el final de la II Guerra Mundial.

Argumento:

1. Las personas tienen desacuerdos ideológicos irresolubles.

2. La democracia, aun si establece un margen amplio para la deliberación y el acuerdo, apela al voto como mecanismo para tomar decisiones colectivas ante desacuerdos irresolubles.

3. La ideología no es una mera reputación, no es un mecanismo para ahorrar costes de información. La ideología contiene valores y principios que nos permiten formarnos una idea global sobre los asuntos públicos. La ideología es una forma de organizar nuestras opiniones sobre la política.

4. La ideología no viene determinada ni por los genes ni por el interés económico. Es más bien una cuestión de carácter moral.

5. Las diferencias ideológicas proceden de nuestra distinta sensibilidad hacia las injusticias.

6. Las personas de izquierdas tiene una mayor sensibilidad hacia las injusticias que las personas de derechas y por eso desarrollan un sentimiento de superioridad moral.

Algunos de los peores excesos represivos y totalitarios en la historia política se han llevado a cabo como consecuencia de una búsqueda absoluta de la justicia

7. El exceso de moralidad en la política, típico de la izquierda más radical, lleva a intentar realizar la justicia a toda costa, aun si eso supone un coste social enorme.

8. En la derecha, como reacción, se desarrolla un sentimiento contrario, de superioridad intelectual ante cualquier propuesta de un cambio profundo.

9. El mayor idealismo moral de la izquierda explica la frecuencia de sus conflictos internos, de sus rupturas y escisiones.

10. La socialdemocracia como programa de cambio encarna el compromiso más acabado entre moralidad y eficacia políticas. La socialdemocracia entra en crisis cuando desequilibra ese compromiso en detrimento de su compromiso moral con la justicia.  

Hasta el momento, he intentado analizar problemas clásicos de las ideologías políticas en función de categorías morales. He argumentado que las ideologías son constitutivas de la actividad política y que la elección de una u otra guarda una relación muy estrecha con nuestro carácter moral, es decir, con nuestros valores de justicia. En concreto, he defendido que las ideas de derechas se basan en un sentido de la justicia muy fino, en el que la mayor parte de las desigualdades que se producen en el orden social se consideran “naturales” y por tanto aceptables y asumibles. Son desigualdades que no es necesario corregir o bien porque obedecen a un reparto de talento y recursos del que nadie es responsable o bien porque son fruto de transacciones consentidas entre individuos. El izquierdista es más exigente y le parece que la arbitrariedad moral de las desigualdades debe ser corregida. De ahí que haya buenas razones para defender que las ideas de izquierdas son moralmente superiores a las ideas liberales y conservadoras. No es que los izquierdistas tengan “complejo” de superioridad, sino que sus ideas morales sobre lo que es justo están más desarrolladas y son más potentes que las ideas respectivas de los derechistas....

A partir de los años 80 del siglo pasado, la socialdemocracia adoptó un lenguaje y una visión del mundo cada vez más economicistas. No le ocurre  solamente a la socialdemocracia, por cierto; en general, la economía como ciencia social cobra un protagonismo mayor y se infiltra en todas las instancias del poder político y la esfera pública. Es la época en la que, a lomos del neoliberalismo anglosajón, se introducen sospechas generalizadas sobre el sector público, sobre el funcionamiento de la toma democrática de decisiones y sobre la propia capacidad de los electorados para entender los asuntos económicos y políticos que les afectan. Los gobiernos, socialdemócratas o no, se llenan de economistas y la política se convierte en un asunto de incentivos, gestión y eficiencia. El lenguaje tecnocrático y cientificista de los economistas va reemplazando progresivamente a los elementos comunitaristas del discurso original socialdemócrata, hasta el punto de que se justifican las políticas sociales redistributivas no tanto por realizar un esquema básico de justicia, sino porque resultan eficientes (aumentan la tasa de actividad femenina en el mercado de trabajo, introducen en el circuito económico actividades que antes eran puramente familiares o domésticas, tienen un multiplicador económico elevado, contribuyen a mejorar las dotaciones de capital humano y en última instancia la productividad, etcétera). No es que se trate de falsedades, en absoluto, pero la consecuencia de esta forma de defender las políticas igualitaristas es el abandono del discurso socialdemócrata sobre la justicia que establecía lazos de solidaridad y generaba obligaciones hacia la sociedad.

De hecho, llega un punto en el que la socialdemocracia queda en una posición defensiva y adopta parte del modo de pensar y de las recetas neoliberales. Se manifiesta en las políticas del mercado de trabajo, en la aceptación acrítica de la globalización, en las rebajas fiscales a las empresas, en la renuncia a utilizar la fiscalidad como instrumento de reparto y en otras muchas medidas que diluyen las diferencias entre los partidos socialdemócratas y los partidos liberales y conservadores. A partir de ese momento, se van disolviendo los vínculos solidarios de la ciudadanía y la justicia como valor político pierde visibilidad. El principio de acomodación avanza posiciones o, lo que es igual, el mensaje socialdemócrata se vuelve menos ambicioso, pues abandona el principio movilizador original, que no era otro que un deseo de alcanzar una sociedad más justa.  

No voy a entrar en el debate de si la pérdida de posiciones de los partidos socialdemócratas es responsabilidad suya o resulta más bien de las condiciones adversas en las que tiene que operar (dominio de las políticas neoliberales, avance de la globalización, transformación de la estructura social), o de una mezcla de ambas cosas. Comoquiera que sea, la socialdemocracia vive sus horas más bajas desde el final de la Segunda Guerra Mundial. De ahí la ambigüedad que he querido expresar en el título de esta entrega final.

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