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<p>Felipe González durante un mitin en Madrid, en 1977.</p>

Felipe González durante un mitin en Madrid, en 1977.

Los nuevos parlamentarios y los que trajeron la democracia

 

27 de Enero de 2016

La novedad en juventud, vestimenta, peinados, estilo vital, expresión verbal, lozanía, desenfado, medio de transporte --alguna bicicleta-- para acceder al Parlamento, exhibición maternal, mayor presencia femenina, juramentos o promesas plurales de los nuevos políticos que tomaron posesión de sus escaños hace unas semanas es una señal del tiempo que vivimos que también, por fin, ha entrado a los órganos públicos de representación de la ciudadanía. Pero que nadie se equivoque creyendo que, puesto que se ha producido esa saludable novedad en el hemiciclo --ocupado últimamente por una gran mayoría de hombres encorbatados y un tanto olvidadizos de que representan a unos españoles variopintos--, quienes han innovado en las formas traen en su semblante, sus mochilas o sus discursos la democracia hasta ahora inexistente en España. Porque la democracia la trajeron otros a este país y a ese mismo hemiciclo, en circunstancias y con equipajes muy diferentes, en el verano de 1977. Otra cosa es que al deterioro que durante las últimas décadas han abocado los grandes partidos a la democracia le convenga ahora esta regeneración incluso en las formas y en las herramientas para hacer política.

Anabel Díez recogía el 13-1-2016 en El País el comentario de una diputada socialista, a la que no identificaba, que se expresaba así: “Parecía que ayer murió Franco y este país sale de una dictadura y está todo por hacer porque nadie ha hecho nada hasta que ellos han llegado”. Se refería obviamente a los diputados de Podemos, en línea con el comentario de otro parlamentario socialista, que se quejaba de que esa fuerza emergente “coja las banderas” que el PSOE agitó “desde siempre”.

La realidad histórica que muchos jóvenes no pudieron vivir, por razones de edad, pero  pueden estudiar, leer o investigar fue que, tras la muerte de Franco en 1975, las primeras elecciones democráticas del 15 de junio de 1977 llevaron al Parlamento español (ubicado en el mismo hemiciclo ocupado unos meses antes por las Cortes orgánicas de Franco, integradas por gerifaltes del Movimiento, sindicalistas verticales, procuradores familiares, militares con graduación y obispos que llevaban al Caudillo bajo palio) a unos diputados votados por los españoles y con un abanico ideológico insólito entonces.

En la campaña electoral previa, el Partido Comunista de España (PCE) rogaba a los españoles “vota sin miedo” y les prevenía “contra el rechazo irracional, franquista, de todo lo que huela a comunismo”. El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) pedía el voto por el cambio “para que puedas vivir la libertad” y Unión de Centro Democrático (UCD) era el único partido que hablaba a los electores de usted: “Vote centro”, con apelaciones “a la convivencia […], el futuro, la democracia, Europa”, y, en un supremo esfuerzo de despegue del franquismo, emitió algunos de sus anuncios electorales en las lenguas vernáculas.

La prueba de fuego de aquellas elecciones fue para Alianza Popular (AP), con todas las dificultades del mundo para ofrecer sus anacrónicas imágenes franquistas a un electorado ya con opciones democráticas. En su desconcierto, para obtener votos trataron de esgrimir la figura de Franco, hasta que los expertos en propaganda electoral les hicieron esconder al dictador en el baúl de los recuerdos. Se agarraron entonces al eslogan “España, lo único importante”, que todavía colea en la actualidad en sus herederos del PP, e incluso en la emergente Ciutadans y, lo que es peor, en algunos barones del PSOE. Los políticos de AP se ofrecieron como “salvadores” frente a una España “en desorden”, “con robos y terrorismo”, a la que AP ofrecía “seguridad”, “tranquilidad”, “paz”; al empresario, “prosperidad”, “progreso”, y al trabajador, “trabajar en paz”.

Los principales resultados electorales fueron que UCD obtuvo 165 escaños, el PSOE 124 --incluidos los seis del PSP de Enrique Tierno--, el PCE 20 y AP 16, con Manuel Fraga al frente de los denominados siete magníficos, muchos de ellos exministros de Franco. Quedaron fuera Fuerza Nueva, otros falangistas diversos y toda la requeteultraderecha, a quienes los electores les negaron representación.

Al margen de las nuevas formaciones que se incorporaron a la política --la mayoría, desde la izquierda--, al hemiciclo de las Cortes llegaron en 1977 personas muy diferentes a las hasta entonces  habituales usuarias. Desde el punto de vista generacional, a diferencia de lo ocurrido en 2016, las novedades no eran los jóvenes ni los politicólogos académicos, ni modos novedosos de vestir o peinar, sino veteranos de la política desde abajo, desde la gente. Aproximadamente unos 80 de los nuevos parlamentarios habían padecido las cárceles de la dictadura. La media de permanencia en la cárcel de los 20 diputados del PCE era de cinco años, al margen del tiempo de exilio --Santiago Carrillo, Jordi Solé Tura, Dolores Ibarruri-- y de las innumerables detenciones.

La mayoría de los 20 diputados comunistas venían de la lucha obrera. Así, Manuel Benítez Rufo, transportista campesino; Francisco Cabral, “del campo” (según su propia información); Marcelino Camacho, fresador (líder de Comisiones Obreras); Cipriano García, obrero de artes gráficas; Juan Ramón Camarero, metalúrgico; Simón Sánchez Montero, traductor (batía el récord de permanencia en la cárcel: 16 años); Santiago Carrillo, “periodista” (según su DNI, que entonces ponía la profesión); Josep María Riera, “estudiante”.

En el otro extremo biográfico, entre los diputados de AP había empresarios, diplomáticos, ingenieros, hijos de profesionales liberales. Predominaban los que formaron parte de Gobiernos de Franco o de altos cargos de la dictadura: Manuel Fraga, Laureano López Rodó, Gregorio López Bravo, Licinio de la Fuente, Antonio Carro, Federico Silva Muñoz, Gonzalo Fernández de la Mora, Cruz Martínez Esteruelas, José Martínez Emperador, Alberto Jarabo Payá, Álvaro Lapuerta.

Lo relevante de aquel contraste entre parlamentarios era la tarea común de establecer las reglas de juego de una democracia. El paseo de Dolores Ibarruri, Pasionaria, junto al poeta comunista Rafael Alberti, desde la parte alta del hemiciclo hasta la presidencia, para formar parte de la Mesa de Edad, en la sesión constitutiva de las Cortes, produjo una emocionante impresión. Y la mera presencia de parlamentarios comunistas, a pocos metros de quienes pudieron ser sus verdugos, marcó la línea roja de lo prioritario: elaborar una Constitución por consenso, que fijara la ley de leyes que acabara para siempre con los Principios del Movimiento franquista, declarados “permanentes e inalterables”.

Aquellos nuevos parlamentarios --aunque algunos bastante viejos-- sí que trajeron la voluntad de construir una democracia, para la cual cada fuerza política tuvo el peso de los escaños obtenidos en las elecciones del 15-J de 1977. Por eso irrita tanto que, desde las fuerzas emergentes, personas como Juan Carlos Monedero sostengan con insistencia --como ocurrió en un curso del verano último, en Navarra-- que la Constitución “fue obra de Fraga”, a pesar de que se le explicó que casi siempre quedó en minoría (véase Debate con Monedero sobre la transición, en El Huffington Post, 9-7-2015). La mitad de los 16 parlamentarios de AP no votó a favor de la Constitución, a diferencia del voto afirmativo de los 20 del PCE y de casi toda la Cámara.

Y esa voluntad democrática de aquellos nuevos parlamentarios, sobre todo de la izquierda, no impidió la existencia de pugna política, debate, discusión, crítica, especialmente frente a UCD, que era quien gobernaba. Hoy puede afirmarse ya que el PSOE fue duro en exceso con Adolfo Suárez. A quienes acusan a Pablo Iglesias de infligir una humillación al PSOE por su osada oferta de coalición, con propuesta de ministros incluida, habría que recordarles que en los tiempos iniciales del PSOE en la oposición, anhelante de poder, su número dos, Alfonso Guerra --que en 2016 parece proclive a facilitar al PP un Gobierno en minoría-- se permitió llamar al entonces presidente Adolfo Suárez “Tahúr del Misisipi”, por su supuesta facilidad para hacer trampas. Y cuando se especulaba sobre un hipotético golpe de Estado, Guerra se atrevió a decir: “Si llega a las Cortes el general Pavía a caballo, Suárez se subiría a su grupa” (véase La desmemoria sobre Adolfo Suárez, en El Huffington Post, 29-3-2014).

Así es que la actitud de los políticos que aspiran al poder no ha cambiado demasiado, si bien el deseo de democracia era más consistente en 1977, porque también resultaba más vital, tras el franquismo. Otra cosa es la herramienta a utilizar. Para elaborar el borrador de la Constitución, los siete ponentes apostaron por la confidencialidad, el secreto (que afortunadamente saltó por los aires el 22-11-1977 --véase El País y La Vanguardia de ese día--), mientras que ahora hay plena coincidencia entre el líder del PSOE y el de Podemos, por el momento, en alcanzar una coalición mediante la transparencia, de modo que de los acuerdos que se vayan tomando se enteren, a la vez que los interlocutores políticos, los ciudadanos. Esa medida, si se lleva a efecto, significará una revolución democrática sin precedentes.

 

Tag(s) : #NOTAS DE PRENSA

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