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El Laborismo británico inicia la votación de su líder entre gran expectación

Jeremy Corbyn, un líder con aires de profesor universitario.

La victoria de Jeremy Corbyn entierra al Nuevo Laborismo de Tony Blair

La victoria de Corbyn entierra al Nuevo Laborismo de Tony Blair

La elección del veterano diputado en las primarias laboristas es la victoria del único candidato que se oponía al discurso oficial mantenido en el partido desde finales de los 90

Corbyn se enfrenta ahora a la mayoría de los diputados de su partido y a los medios de comunicación, que creen que su triunfo garantiza la victoria en las urnas de los tories en las próximas elecciones

La izquierda británica ha puesto fin a 15 años en los que el Partido Laborista se ha movido al ritmo de las ideas de Tony Blair, muy efectivas en las urnas pero a veces indistinguibles en política económica del mensaje liberal de los tories. La rotunda victoria de Jeremy Corbyn, diputado desde 1983, supone un giro a la izquierda que parecía imposible hace seis meses. Lo viejo y lo nuevo se juntan en un líder accidental que entró en las primarias para elegir al sucesor de Ed Miliband en el último momento y sin muchas posibilidades de éxito. 

Corbyn, de 66 años, es en muchos aspectos el antiBlair. Su ataque a la era de la austeridad no se queda en generalidades, como era el caso de sus adversarios en esta pelea. Está a favor de aumentar los impuestos a los ricos, de incrementar el gasto público para reducir las desigualdades  –mucho más acusadas en el Reino Unido que en el resto de la UE–, de renacionalizar los ferrocarriles y las grandes empresas de energía, de eliminar las matrículas universitarias, y en contra de modernizar el sistema de armamento nuclear Trident y de las intervenciones militares en Oriente Medio que caracterizaron a los años de Blair. 

Rechazo a la ortodoxia de la austeridad

El nuevo líder laborista simboliza también algo nuevo: el rechazo a una ortodoxia económica entre los socialdemócratas que considera que no hay alternativa a los principios económicos de la austeridad o que sería contraproducente poner límites al gran poder de la City. Los rivales de Corbyn sí pedían un aumento del gasto público en educación y sanidad, pero al mismo tiempo se negaban a cuestionar la necesidad de reducir el déficit presupuestario. No se atrevían ni siquiera a aceptar por completo la idea de renacionalizar los ferrocarriles, que goza de bastante apoyo en los sondeos

Corbyn representaba el rechazo a todo lo que han aceptado los dirigentes laboristas para conseguir ser atractivos ante el electorado, y fundamental para ganar en las urnas. Sus votantes acaban de descubrir en las elecciones de mayo que esa moderación ni siquiera servía para impedir la victoria por mayoría absoluta de David Cameron. 

"La izquierda radical ha sido a menudo criticada, incluso por mí", escribía hace unas semanas Owen Jones, "por ofrecer no mucho más que eslóganes, normalmente para detener algo malo, como los recortes y las privatizaciones. Y sin embargo, la campaña de Corbyn ha sido única al ofrecer políticas coherentes y una estrategia económica completa", en vivienda, impuestos y sanidad, en reclamar un aumento sustancial del salario mínimo o en ofrecer alternativas a la pobreza energética.

Un rebelde en su partido

Corbyn nunca ha tenido que cambiar sus principios para ganar en las urnas. Su circunscripción de Islington Norte, en Londres, con un electorado muy a la izquierda de la media nacional, le ha elegido durante tres décadas. Por eso, en cerca de 500 ocasiones votó en la Cámara de los Comunes en sentido contrario a lo que ordenaba el grupo parlamentario. Era el rebelde que nunca se dejó doblegar por Tony Blair y Gordon Brown. Ahora está al otro lado de la barrera y los demás diputados le harán probar la misma medicina. Está por ver cuántos pesos pesados del grupo aceptarán formar parte del gabinete en la sombra, que dirige la oposición al Gobierno desde los escaños. 

Corbyn se enfrenta ahora a unos diputados decepcionados con su triunfo, a unos medios de comunicación hostiles que le marcarán con una agresividad inusitada, como se ha visto en esta campaña, y al recuerdo del pasado con las elecciones de 1983 cuando otro líder izquierdista del partido, Michael Foot, fue arrollado por Margaret Thatcher mientras enarbolaba un programa al que otro diputado laborista llamó "la nota de suicidio más larga de la historia"

Frente a esas amenazas, los militantes y simpatizantes laboristas han llegado a la conclusión de que lo que sería un suicidio es continuar con el único discurso económico que acepta el establishment británico.

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